Publicación realizada para RosarioNuestro

Delito homosexual y otros tantos “delitos sexuales”

>>      21 Febrero, 2018
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La sexualidad es una de las dimensiones humanas más complejas, y los múltiples discursos que la atraviesan conviven inmersos en contradicciones, conflictos, tabúes y prejuicios. El afán por agrupar las prácticas sexuales en normales y patológicas, sanas y perversas, legítimas y criminales, correctas o pecaminosas, funcionales o disfuncionales incluso; ha quitado el sueño a pensadores desde el principio de los tiempos. Lo complejo de su esencia, diversa, indomesticable, irreverente y hasta misteriosamente incomprensible muchas veces, la transforma en un todo inabarcable que ha perturbado y provocado intentos de orden desde los discursos legales, religiosos, médicos, políticos, sociales, antropológicos, filosóficos, psicodinámicos, artísticos y, por supuesto también, sexológicos.

A lo largo de la historia, las apreciaciones han variado acorde a la circulación del poder entre esos discursos, con una creciente tendencia a la aceptación de la diversidad en todas sus manifestaciones (de identidad, orientación, prácticas y modos de vincularse), pero no sin resistencias. En este proceso de transformación, que implica poner en tensión los sistemas de creencias de cada integrante de la comunidad humana, requiere de tiempo.

Tiempo para arribar a una reestructuración cognitiva, es decir, a un cambio en el modo en que procesamos la información, una modificación profunda de nuestras creencias nucleares para que auténticamente nuestras ideas, pensamientos y creencias respecto a algo, cambien, desterrando para ello muchos aprendizajes tempranos que comandan nuestros pensamientos y expresiones automáticas. Quienes han (hemos) crecido con discursos que arrastraban prejuicios o sesgos cognitivos adversos respecto a ciertos comportamientos sexuales, deben realizar todo un trabajo de de-construcción del andamiaje de conceptos aprendidos para poder construir paso a paso una nueva manera de interpretar los hechos.

Esa construcción necesita por supuesto de la educación sexual, pero también requiere una alta dosis de tolerancia, paciencia y empatía hacia quienes tienen más dificultad en comprender esos cambios porque crecieron y se desarrollaron bajo otro paradigma. En cuanto a la educación sexual, cabe destacar que su germen en nuestra ciudad data de mucho antes de los movimientos políticos visibilizadores que conocemos en la última década. Ya en 1976, en un contexto en el cual hablar de sexualidad, de diversidad, de derechos sexuales, de educación sexual, era absolutamente una osadía e incluso un riesgo de vida dadas las coyunturas políticas de nuestro país, se gestaron las primeras células de lo que hoy es la Asociación Rosarina de Educación Sexual y Sexología (ARESS), de la mano de un grupo de profesionales que sin ningún apoyo alzaron sus voces, a veces susurrando, en el consultorio, en las escuelas, en pequeñas reuniones de debate científico, en interacción con el resto del país y con el mundo, comenzaban a ser agentes de cambio de aquellos discursos opresores que patologizaban o criminalizaban muchos aspectos de la sexualidad.

Ese movimiento en Rosario se produce en consonancia a un contexto internacional que ya registraba fuerzas instituyentes en defensa de las diversidades sexuales, e incluso ya la segunda versión del DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales, confeccionado por la Asociación Psiquiátrica Americana) en 1973 había retirado la homosexualidad como categoría diagnóstica, en la que nunca debió haber sido incluida.

No obstante, han circulado y circulan aun actualmente, materiales bibliográficos de aquellas épocas en las que la homosexualidad era considerada un delito, así como algunas prácticas eran consideradas inmorales, peligrosas o patológicas, como la masturbación, el sexo oral, anal, etcétera. Vale decir: toda práctica sexual que se apartase de los fines reproductivos, era considerada aberrante, perversa e incluso delictiva, con criterios reproductivistas y heteronormativos en los que fue indiscutible la impronta del catolicismo (en tanto sólo se considere “normal” las actividades sexuales orientadas a la reproducción, en contrapartida a la experimentación de placer sexual por sí mismo).

Sin ir más lejos, en la Cátedra de Psicopatología y Neurofarmacología de la Carrera de Psicología de Facultad de Psicología de la UNR, en la cual actualmente me desempeño como Profesora Adjunta pero a la que ingresé como Auxiliar en 1994, desde entonces y hasta hoy utilizamos el Tratado de Psiquiatría de Henry Ey (1971), un pilar clásico de la Psiquiatría muy valioso para el aprendizaje de la psicopatología, pero que el desarrollo sobre la Semiología del Comportamiento, presenta a la homosexualidad (y otras prácticas) dentro de las “Reacciones antisociales” en el apartado “Atentados contra la moral” en las cuales enumera toda una serie de “Anomalías del comportamiento sexual”. Por supuesto que cada año dedico un tiempo a explicar a los estudiantes que deben hacer caso omiso de ese apartado, pero no puedo dar fe de que el resto de los docentes que utiliza este material lo haga.

Quien conozca los escritos de Sigmund Freud (bibliografía básica en las carreras de psicología con fuerte orientación psicoanalítica), sabe del sesgo misógino, falocentrista y heteronormativo de su obra, la mirada absolutamente patologizante de la homosexualidad, y las versiones completamente erróneas que brindó acerca de la sexualidad femenina, que tanto daño han hecho y siguen haciendo a la vida sexual de las personas. Sin contar con que ha atribuido una suerte de tendencia homosexual latente o reprimida a la etiología de ciertas alteraciones mentales como el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y que Freud llamaba Neurosis Obsesiva, pero de las que hoy se conoce el correlato neurobiológico que explica los síntomas que pueden aliviarse con la medicación adecuada en los momentos críticos y con una terapia cognitivo conductual que le permita al paciente aprender a modularlos. Usar los psicofármacos adecuados cuando la situación lo amerita realmente no es medicalizar la subjetividad (por supuesto que cuando es posible evitar la medicación es mejor no usarla), pero por el contrario, negar las evidencias y someter a los pacientes a un sufrimiento innecesario me parece negligencia profesional. Pero el problema no fue Freud, quien por lo demás hizo valiosos aportes al conocimiento de la psique, y que sabiamente advirtió ya en su época que seguramente en el futuro se podrían descubrir las sustancias que intervienen en los procesos psíquicos para esclarecer las psicopatologías. El problema es que muchos profesionales se nieguen a aceptar los límites de su quehacer, y a incorporar la información nueva de las cuales sobran evidencias y que podrían mejorar notablemente la calidad de vida de las personas que las padecen.

Entonces, queridos lectores, lo que quiero decir es que si bien es cierto que la filmina controversial de la docente que dictó una clase en la UBA incluyendo la homosexualidad como delito sexual, es repudiable, indiscutiblemente, no la condenemos como si fuese la única profesional/docente que aún no actualizó la información sobre las diversidades sexuales, preguntémonos cada uno en su ámbito: Y por casa, ¿cómo andamos? Y permítanme el sarcasmo, “quien esté libre de todo pecado que tire la primera piedra” (de todo se aprende algo).

Sí considero importante en casos así llamarle la atención, invitar a reflexionar, brindar la información a la que quizá no tuvo acceso, o bien debatir su responsabilidad en la formación de profesionales en el contexto de la Universidad pública y desde allí solicitarle que reserve para sí sus apreciaciones si su sistema de creencias le impone ese pensamiento, ya que la ética y deontología profesional nos obliga a abandonar nuestra propia “Sexosofía” (nuestra ideología, creencias, pensamientos acerca de la sexualidad) para desplegar ante los estudiantes o los pacientes, el conocimiento avalado por los avances científicos y sociales.

En nuestra Universidad Nacional de Rosario, en la Facultad de Ciencias Médicas, en 2017 comenzamos a dictar la primera materia electiva de Sexología Clínica, con una gran aceptación de parte de la comunidad académica. El camino por delante es muy largo… seamos pacientes, perseverantes y comprensivos.

 

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