Publicación realizada para RosarioNuestro

Aceptar la montaña rusa emocional

>>      11 Abril, 2020
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Somos humanos, y parte esencial de nuestra condición humana es la emocionalidad. Renegar de ella es contrariar nuestra esencia. Karl Jaspers, psiquiatra y filósofo, decía que el ser humano en definitiva se orientaba a la libertad y a la trascendencia. El virus que ya no quiero ni nombrar, y/o las medidas de aislamiento social que intentan prevenir su propagación, nos privan de la relativa libertad tan preciada que estamos habituados a disponer en nuestras vidas.

Esa limitación a las libertades, es fuente de angustia, que mezclada con el miedo y con el duelo respecto a la vida que llevábamos antes (y los duelos que a cada quien le toque elaborar), resulta en un coctel de alto impacto, difícil de digerir, sobre todo cuando no reconocemos sus ingredientes.

 

Las situaciones críticas, que nos toman por sorpresa como en este caso, nos dejan sin recursos subjetivos para afrontarlas, porque nada de lo que hacíamos antes aplica para este caso, sin precedentes para nuestro psiquismo.

Como he expresado en notas anteriores, cada uno tendrá un estilo de afrontamiento propio, y no podemos homogeneizar las respuestas ni los modos de transitar la “cuarentena”…Pueden haber pautas generales que ayudan a sostenerse, pero el tiempo y la forma de cada uno es absolutamente subjetiva.

En ese contexto extremadamente heterogéneo de vivencias, se instala además el teletrabajo o home office, desde casa, online, en algunos casos con plataformas nuevas que hay que aprender a usar y con conexiones a Internet cada día más inestables, estas nuevas tareas significan una sobrepresión, un estrés importante que nos desgasta sin darnos cuenta. En el afán de que todo siga su curso como si nada pasara, se envían millones de bytes de información candente que colapsa con hardware, software, cableados, y con la realidad misma que aunque pretendamos emular la vida virtualmente, no podemos eludir ni aun migrando nuestra existencia al ciberespacio.

Allí es donde resulta importante manejar los límites al entorno y a las demandas, expectativas, exigencias o incluso auto exigencias, e ir al propio ritmo. Lo mismo en relación a los niños y adolescentes. Que las escuelas manden tareas o consignas de estudio, no significa que todos estén en condiciones subjetivas de realizarlas de la misma manera ni en un mismo plazo. Está bien intentar la continuidad y “ocupar” la mente, pero no profundicemos malestares por ser rígidos, la flexibilidad es la mejor aliada en estos casos. Ante las imposiciones ideales, hacer valer el derecho a lo posible.

Y así pasamos por todos los estados emocionales, desde las culpas de los “tendría que” pasando por la euforia y el entusiasmo de a ratos, para volver a la tristeza, “resucitar” la esperanza, refugiarnos cálidamente en la negación, desbordar de ira (las redes y grupos de WhatsApp a la orden del día,  o en casa si hay con quién, o con auto reproches incluso), asustarnos hasta el pánico, racionalizar e intentar comprender lo incomprensible, sentirnos abatidos por la frustración y la impotencia, mostrarnos intolerantes, para luego volver a “ponerle onda” y conectar con el aquí y ahora más absoluto y despojado de pasado y de futuro, para no lamentar lo que perdimos ni alimentar ilimitadamente la ansiedad anticipatoria que nos grita: peligro, incertidumbre!

A saber, todo eso que nos pasa, es “normal”, palabra controvertida si la hay. Es esperable, tal vez así suene mejor o sea políticamente más correcto. Es comprensible, es algo que los psicólogos sabemos que ocurre ante los duelos o en las grandes crisis (no por eso escapamos a vivirlo, claramente). La diferencia es que tal vez nos preocupamos un poco menos (¿?) porque como sabemos que ocurre de ese modo, no lo interpretamos cognitivamente como una psicopatología.

El sentido de esta nota es compartir con ustedes ese conocimiento, para que cada uno sepa que si transita por esos estados de lo que llamamos “Montaña rusa emocional”, es esperable, no hay que alarmarse ni intentar sofocar o esconder las emociones, no hace falta diluirlas con psicofármacos ni disolverlas en alcohol. Darle lugar, en este mayor silencio mundial, apagar los dispositivos y escucharse, y escuchar si tenemos a alguien al lado, validar los propios estados emocionales y los de la otra persona, no intentar inducir estados de hipomanía que nos tengan “para arriba” todo el tiempo, porque la caída sería más estrepitosa.

Aceptar las fluctuaciones del estado de ánimo, y saber que ese ciclo que venimos viviendo, va a repetirse una y otra vez. Haber pasado el shock original que nos dejó paralizados, no significa que no volvamos a sentir parálisis en otro momento. Así con todas las emociones…

Parálisis, negación, ira, culpa, tristeza, racionalización, desmotivación, angustia, aceptación, miedo, desconcierto,  son fases de la montaña rusa emocional que se repite cíclicamente hasta que, poco a poco, y en los tiempos de cada uno, nos va comprometiendo con las nuevas y cambiantes realidades. Sin prisa, con pausas, como podamos.

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